Qué difícil que coincida lo legal y lo justo, qué complicado que la justicia real sea amparada en las leyes, qué impotencia el comprobar cuantas veces lo legal es injusto y cuantas lo justo nunca lo ampara la ley…

Qué sensación de rabia cuando compruebas día a día cuántas acciones se cometen al amparo de la ley y no pueden penarse o castigarse de forma proporcional con el agravio cometido aunque son injustas por naturaleza…

En el ejercicio del derecho es muy fácil encontrar en la práctica una justicia distinta a la que el ciudadano solicita amparo, una interpretación diferente a su propio concepto de lo que debería ser justo en su situación y ello porque además de la dificultad que implica probar la razón en cada caso hay que añadir el agravante de que el tercero que juzga también tiene su propio sentido subjetivo de impartir justicia.

Si los ciudadanos comprendiéramos que la justicia que nos hace sentir satisfechos es subjetiva pero que lo encontramos en los tribunales es una justicia meramente objetiva, entenderíamos la dicotomía existente entre la realidad y la expectativa de lo Justo.

No es tarea del abogado aumentar la idealización del cliente en alcanzar su Justicia, sino abrirle los ojos a la justicia real y dirigirle firmemente hacia el éxito en su búsqueda de esa justicia que añora, pero que, en muchas ocasiones, aunque consiga, nunca va a lograr cumplir con todas sus legítimas expectativas.

Una vez en el cine escuche esta frase… “Si quiere ganar un caso, no busque un optimista, busque un abogado”… intento recordarla cuando hablo a mis clientes de lo que van a encontrar en un litigio, al fin y al cabo es una lucha… cuya arma es la palabra y las pruebas… pero una lucha al fin y al cabo que siempre deja cicatrices.

Debemos partir que como dos caras de la misma moneda siempre existen al menos dos formas de entender cada caso, y digo al menos, porque luego en la práctica nos encontramos sorpresivamente que al final la solución judicial puede ser también divergente a las dos posiciones contrapuestas. Decía Aristóteles que la virtud está en el término medio, pero ¿Acaso esa solución intermedia es justa? Diríamos que no… no suele satisfacer a ninguna de las partes encontradas, mas bien resultaría doblemente injusta ya que no ha conseguido cumplir con las expectativas de ninguno.

Vayamos mucho mas lejos y pongamos la atención en el legislador, cuya función consiste en plasmar los límites de lo que es legal (y se entiende justo) y lo que no lo es. Las leyes siempre van por detrás de la sociedad, es ella la que impulsa las reformas y por lo tanto sería la injusticia real la que, con el revuelo que causa, haría nacer la necesidad de cambiar una ley o de crear una nueva. No es la justicia la que inspira la creación de leyes, sino la injusticia real la que motiva la creación, revisión o derogación de una ley. Por lo tanto, es evidente que habrá leyes que en su aplicación real no procuren justicia sino situaciones injustas y será esa injusticia la que inspire el cambio.

¡Qué paradoja! si no existiera la injusticia y el desagravio no intentaríamos enmendarlo legislando para lograr esa justicia anhelada… y resulta que lo hacemos y luego nos encontramos con otra nueva situación injusta que vuelve a generar otra ley… la pescadilla que se muerde la cola o el afán infinito de querer controlarlo todo cuando nada está totalmente bajo nuestro control…

Pero a pesar de todo ello, las leyes son necesarias, necesitamos un orden, imperfecto, pero un orden, porque eso nos da seguridad, nos da esperanza y fe en lograr esa Justicia añorada. Y en esa tarea nos enfrascamos e incluso nos involucramos cuando en ejercicio de nuestro legítimo derecho al voto seleccionamos a aquellos que serán los artífices de nuestras leyes, esas que intentan definir que es justo y que no y que finalmente siempre terminan por generar nuevas situaciones injustas. Por ello es esencial saber a quien elegimos, quienes van a ser nuestros adalides, primero legislando y después batallando en los juzgados, porque van a ser ellos los que con su actuación van a luchar por la Justicia personal y única del cliente ante las esferas de la realidad.

Ojalá consigamos algún día que los límites de lo legal y lo justo vayan en sintonia y a la par, porque desde ese momento entonces podremos decir que se HACE JUSTICIA…

Autor: Elisa Iñiguez de la Torre – Letrada Gerente de Guadabogados 


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